"El encargo" - Especial Halloween

Actualizado: 18 mar

Otro encargo. Con los años cada vez era más complicado seguir el ritmo. La gente, cansada de aguantar a otras personas, acostumbraba a superarse en cuanto a sus peticiones y, la verdad era que, Jack ya no le encontraba sentido a la mayoría de ellas.

No, no iba a dejar su trabajo. No le importaba lo suficiente si lo que hacía a petición de otros tenía sentido o no. Jack, un hombre de pelo castaño, ojos claros y un cuerpo extrañamente atractivo, seguiría haciéndolo mientras le reportase placer y dinero, o una de las dos, ya no sabía cuál le importaba más. No siempre le había parecido fácil, sólo terminó por acostumbrarse como en cualquier trabajo.

Pero estaba ese encargo... Siempre en la misma fecha, siempre el mismo desarrollo. Bueno, el mismo no, era el mismo perro con distinto collar. Y ese collar... ese collar era lo que cambiaba cada año y, quizá lo que le daba el impulso para seguir aceptándolo. Hasta este año.

El año 2000 que para unos era el comienzo de una nueva década, un nuevo milenio e, incluso, una nueva era, para Jack era un año demasiado par para ser bueno.

No confiaba en los años pares y no era por superstición. Todos los años pares había cometido algún fallo; cosas pequeñas, nada que la policía no pudiera pasar por alto, pero para él, que llevaba más de 10 años dedicándose a lo mismo, eran grandes errores que podían pasarle factura.

Y de repente llega el año 2000, con toda esa gente emocionada por el “cambio”. ¡Y vaya que si trajo cambio! El año del nuevo milenio provocó, entre muchos otros males, que Halloween ya no fuera lo que antaño había sido; no era que la fiesta en sí hubiese cambiado, pero se notaba que, de manera casi imperceptible, la gente ya no la disfrutaba igual, no sentían miedo e incluso los niños habían dejado de disfrazarse de fantasmas y zombies para pasar a ser personajes de animación.

El 31 de octubre, día de Halloween, era el día elegido por Alexander para hacerle llegar su encargo.


Esta vez tendría que encargarse de un señor llamado Luciano Bianchi que se encontraría en su casa de la calle Row situada en un barrio residencial de Nashville.

La verdad es que la localización no era importante puesto que Alexander le proporcionaba todos los medios necesarios para llegar a sus destinos, pero la calle Row estaba a pocas manzanas de su propia casa y nunca le venía mal jugar con más tiempo.

Lo que más le molestaba era el disfraz elegido este año. No era que lo tuviese que adquirir en cualquier tienda a última hora, Alexander también había pensado en ello y, por supuesto, también le había enviado el propio traje. Era sólo que la tripa que había ganado en los últimos años iba a ser algo complicada de meter en el traje de Drácula que había recibido. O eso pensaba hasta que, al ponérselo, notó que, efectivamente no sólo era de su talla, sino que, además, le quedaba como un guante.

Jack sonrió mientras se quitaba el traje; aún quedaban unas horas para su cita y no le convenía sentirse demasiado cómodo con la ropa que usaría para matar.

Alexander se había ocupado de que el sueldo fuera proporcional a la escenografía que se veía obligado a llevar a cabo. Por ello, cuando dieron las siete y tuvo que volver a enfundarse en su papel de conde vampiro, le pareció que en este sentido aquel encargo le reportaba todo el impulso que necesitaba.

Eran ya las ocho menos cuarto cuando llegó al número 17 de la calle Row. Estaba llena de críos gritones pidiendo caramelos, pero eso, lejos de detenerle, le dio la coartada que necesitaba pues ¿quién se iba a fijar en otra persona disfrazada en un día en el que no pretender ser otra cosa era lo realmente raro?

Tocó el timbre y, tras unos segundos en los que el tal Luciano seguramente estuviera cogiendo los caramelos que iba a tender a los niños, la puerta se abrió.

Luciano Bianchi debía tener entre 50 y 60 años. Era un tipo de estatura media, pelo y ojos oscuros y un cuerpo rechoncho que, en efecto, portaba un cuenco gigante lleno de caramelos.


- ¿Susto o muerte?

- ¿Qué? -con un marcado acento italiano- ¿No se supone que deberías decir “truco o trato”? Además, ¿no eres un poco mayor para estas cosas?

- Bueno, es igual, tampoco podías elegir.


Pero Luciano ya no escuchaba, estaba demasiado ocupado en intentar mantenerse consciente desde que su asesino había introducido una jeringuilla en su cuello


- Por favor... No... no tengo mucho dinero, pero... dime qué quieres... -dijo Luciano entre jadeos- Tengo... tengo familia...

- ¡Bah! ¡Siempre igual! ¡Todos hacéis lo mismo! Mira, voy a serte sincero: sí, te voy a matar y no, no me importa que tengas familia porque además sé que tu familia te importa a ti aún menos que a mí. Total, que voy a acabar contigo y no sabes las ganas que tengo porque, la verdad, eres un bicho muy malo.

- Yo... yo...

- Tú... tú... ¡Oh por dios! ¿En serio pretendes engañarme? Hazte un favor, ¿quieres? Cállate y déjame trabajar.


Mientras Luciano, a ratos dormido a ratos despierto, intentaba no cerrar los ojos para tratar de escapar, Jack estaba demasiado ocupado realizando su trabajo.

Alexander no pagaba más que el resto de sus contratistas únicamente por matar el día de Halloween disfrazado; también pretendía que Jack dejase la escena de tal manera que pareciese que el asesinato lo había cometido el propio personaje al que encarnaba. Pero esto, al contrario de matar, no era nada fácil.


- ¿Sabes? -dijo Jack mientras extendía una lona roja en el suelo- No tienes casi nada que me sirva, menos mal que siempre voy preparado. De todas formas, este es un escenario bastante fácil.

- ¿Es... escena...?

- ¡Oh, sí! ¿No lo imaginabas? Debiste hacer algo muy gordo para enfadar así a alguien, aunque, entre tú y yo -casi susurró acercándose al oído del hombre- ambos sabemos lo que hiciste, ¿eh?


Junto a la ventana, Jack ya había dispuesto una mesa con las patas hacia delante y unas cuerdas que servirían para atar al hombre que yacía justo debajo. El plan era atarle a las patas y clavarle una estaca en el corazón.

No era algo que hubiera hecho el conde Drácula, pero quizá a Vlad Tepes no le parecería tan mal aquello de empalar a alguien, aunque tuviera que ser de manera horizontal y, además, había que trabajar con lo que se tenía y no era mucho.


- ¡Anda, si has vuelto a despertarte! Genial, ya no tardaré demasiado. La verdad es que, aunque el material no es el mejor, creo que esta será una verdadera obra de arte. Aún recuerdo la primera vez que tuve que hacer esto, yo no era muy experto ¿sabes? En lo de matar digo, el resto lo he ido mejorando con el tiempo, pero al principio no tenía ni idea. Total, que me tocó disfrazarme de zombie y bueno, la casa era un poco como esta, sin mucho material, pero en fin, los zombies comen cerebro así que un buen martillazo y...

- Perio... periódi...

- ¡Ah! Sí, salió en todos lados, menuda noticia. La verdad es que me vino muy bien para aumentar mi prima, ¡no hay mal que por bien no venga!

- ¿Por... por qué a mí..?

- ¿Por qué a ti? Bueno, puede que tenga que ver que dedicases varios años de tu vida a matar niños. ¿Creías que no lo sabía? -preguntó al ver la cara de sorpresa de su víctima- Sinceramente, el resto del año no me importa a quién mato, pero Alexander siempre se ha preocupado de mantenerme a la orden del día, siempre me deja un sobre lleno de datos junto al nombre de la persona a la que he de matar. Las primeras veces siempre lo comprobaba pero luego no hizo falta, Alexander nunca miente.


Así que bueno, supongo que matarte a ti me reporta igual cantidad de dinero que de placer.


- Eres... eres un aaasesino...

- ¡Ah! ¿Ahora me vas a venir con que como yo también mato no puedo juzgarte? Créeme que sí puedo. Mi trabajo será inmoral, pero es eso, un trabajo y tengo mis reglas: jamás acabo con seres inocentes y, los niños y los animales, amigo mío, son justo eso. Además, tú disfrutabas haciéndoles barbaridades a pobres criaturas y, cuando te cansaste, decidiste desaparecer sin pena ni gloria y yo, excepto una noche al año, no suelo disfrutar demasiado de hacer sufrir.

A ti te tengo reservado algo realmente placentero y por eso estoy esperando a que estés lo suficientemente despierto.

Para la siguiente vez que Luciano Bianchi abrió los ojos, le dolían pesadamente los brazos y, en especial, las muñecas. Cuando consiguió enfocar la vista, entendió el porqué de su dolor: se hallaba maniatado en su propia mesa y el hombre que amenazaba con matarle estaba justo enfrente.


  • ¡Perfecto! Ya estamos listos –exclamó al girarse mientras sostenía una estaca fabricada con un trozo de madera de la balaustrada de la casa.

  • ¡¿Qué me vas a hacer?!

  • Bueno, te clavaré este pequeñito trozo de madera hasta traspasarte lo suficiente como para herirte de muerte, pero no tanto como para matarte en el acto; que te desangres será mucho más divertido, aunque ya no pueda verlo.


¿Unas últimas palabras?


  • ¡Que te jodan!

  • ¡Así se habla! -mientras se acerca a su oído para susurrarle- Espero que esto también lo disfrutes.


Para cuando quiso darse cuenta, Jack ya le había introducido la estaca. Notó como esta hacía tope con la base de la mesa y se estremeció de dolor y del más profundo horror de saberse condenado a muerte, pero no pudo expresarlo pues el torrente de líquido caliente que se resbalaba por sus costillas le debilitaba tanto como para no poder hablar.

Jack contempló su obra con eterna satisfacción: el “pobre” Luciano colgando sobre su propia mesa, con las muñecas laceradas por el roce con la cuerda y por el peso de su cuerpo y, sobre todo con la estaca que le llevaría a la muerte, que mediría poco menos de un metro, traspasándole de parte a parte.


- ¡Ay, Luciano! ¿Quién te iba a decir a ti que terminarías así, eh? ¡Quién te ha visto y quién te ve! Con los ojillos abiertos siendo testigo de tu propia muerte, ¡qué poético, ¿no?! Menos mal que he puesto la lona en el suelo, no quisiera ser yo quien limpiara este estropicio...

¡Pues nada! -se despidió mientras salía por la puerta- ¡Que vaya bonito! Es una verdadera pena no poder quedarme a verlo, pero bueno, así es la vida o, mejor dicho, la muerte.

Cuando, dos días después Timothy Hutton leía el periódico, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro


- ¡Este hombre nunca falla! Tendré que pensar más el próximo personaje, pero tengo todo un año.


Jack que acababa de terminar otro encargo, también estaba leyendo el periódico, pero su cara no denotaba felicidad. Había disfrutado mucho sabiendo cuánto iba a sufrir el tal Luciano, tanto que había cometido un error y, sucumbiendo a su placer, había vuelto a la casa para ver, desde una distancia prudencial, cómo sacaban el cadáver. “¡Una pena!” había pensado, le habían estropeado su maravillosa escena, aunque sabía que habrían hecho fotos y, al fin y al cabo, él también había hecho las suyas.

Estaba disfrutando con el sufrimiento de la gente y, aunque eso le traería problemas en su trabajo, no le molestaba lo suficiente.


- ¿Quién sabe? Igual me permito uno de estos lujos de vez en cuando, ¡no todo va a ser dinero en esta vida!


Estaba tan ensimismado que no se fijó en la sombra que le observaba desde la esquina, como tampoco se había fijado durante los dos años anteriores.



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